La ciudad no solo se construye con piedra, sino con sonido.
En este capítulo, recuerdo los ecos de Buenavista, los silbatos del tren y las voces que marcaron mi infancia...
Capítulo 1: La banda sonora de mi infancia
La ciudad no solo se construye con piedra, sino con sonido.
Crecí en una Ciudad de México que ya no existe como era, pero que sigue viva en mi memoria. Antes de que aprendiera a leer planos, antes de que entendiera la arquitectura, antes incluso de saber que algún día sería maestro, mi mundo estaba hecho de sonidos.
El primer paisaje que recuerdo no es un edificio, sino un eco: el silbato del tren en Buenavista. Ese sonido marcaba el ritmo de mis días. Era una mezcla de metal, vapor y distancia, como si la ciudad respirara a través de las vías.
Desde la azotea de la casa en la Colonia Guerrero, yo escuchaba cómo la ciudad se desplegaba en capas: los vendedores, los camiones, las risas, los pasos, y, sobre todo, ese tren que parecía contar historias de lugares que yo aún no conocía.
No lo sabía entonces, pero esos sonidos estaban moldeando mi manera de pensar. La ciudad me enseñó a escuchar antes de enseñarme a ver. Y escuchar fue mi primera forma de aprender.
La ciudad como maestra
Mucho antes de entrar a una escuela, la ciudad ya me estaba educando. Cada ruido tenía un significado, cada vibración era una señal, cada silencio era una pausa que invitaba a observar.
Hoy entiendo que esa banda sonora fue mi primer lenguaje. Y quizá por eso, años después, enseñar inglés se convirtió en mi vocación: porque aprendí que todo idioma es también un sonido, una música que se descubre poco a poco.
Continuará…
Esta es la primera parte del capítulo 1. En la siguiente entrega, recorreré los dos mundos que marcaron mi infancia: la escuela que me enseñó disciplina y la escuela que me enseñó libertad.

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